Claudio Cesar

Volvían de una jornada de bicicleta, se aflojaban caminando por la vereda del parque.

—No me digas Armando, Clau, por favor. Prefiero “Mostro”, como me dicen mis amigos.

—No entiendo cuál es tu conflicto con “Armando”.

—”Sorete blando”; estuve todos los años de colegio soportando ese chiste, me cansé. Además: Armando, Armando, como si estuviera siempre armando algo, justo yo que me paso la vida desarmando todo.

—Un día te vas a morir de exagerado.

Detuvieron la marcha por unos segundos.

—¿Nunca te conté por qué me llamo Claudia?

—No.

Siguieron.

—Mi viejo leía mucho sobre los romanos, esas cosas, ¿viste?

—Aha, mirá.

—Y él quería tener un varón, estaba seguro que iba a tener un varón (esto me lo contó mi vieja). Entonces, como estaba con ese rollo de los emperadores decidió que mi nombre iba a ser Claudio Cesar.

—No te puedo creer.

—Sí, estaba ilusionado con un sucesor, como los emperadores, ¿viste? Y ahí vine yo, una nena, y sé que fue un golpe tremendo para mi viejo. Y entonces mi mamá decidió que me iba a llamar Claudia, un poco para calmar la angustia de él, que vos no lo conociste pero que era un tipo bastante especial.

—Decime, ¿era profesor o algo?, digo, por el tema de los emperadores. 

—No, nada que ver, era encargado de un edificio.

—Una especie de Emperador de consorcio —se rieron.

—Emperador de consorcio—repitió Claudia, y se quedó pensando— Uf, bueno, que en paz descanse –dijo, mientras señalaba con el dedo a Miriam que los esperaba en un banco de la plaza.

© Juan Pablo Pizzi – 2021

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