El escorpión

La figura del cristo crucificado me inquietó ni bien entramos a la iglesia. Saqué la cámara. Era la hora en que la luz de la tarde empezaba a caer y el lente de la Nikon a mostrarse insuficiente. Me quedaban a lo sumo quince minutos; más allá, en el patio, el crepúsculo me concedería quizás una hora más. Juliana, que conoce —y que soporta— mi obsesión cuando encuentro un motivo fotográfico, se cansó de esperarme y se fue a recorrer las salas del claustro. Yo, con el cristo.

Por un momento tuve la fantasía ridícula de que Jesus me rechazaba desde la cruz, que me tenía miedo. Me acordé del pasaje del evangelio de Mateo: sus cuarenta días y cuarenta noches en el desierto de Judea, su batalla contra el demonio —¿o contra la vida misma?—, las tentaciones. Imaginé que me miraba como si trepara por la cruz un escorpión, o peor, una serpiente.

A unos pocos metros, entre unas columnas, un monje encendía unas velas mientras observaba mis movimientos con recelo. Me puse ansioso, también porque la luz se retiraba; la claridad se contaba en minutos. Apenas resistía pequeños rayos de luz que traspasaban los vitrales y golpeaban extrañamente sobre la cara del Cristo. Me imaginé que iba cambiando la expresión de su rostro. Realicé, sin pausa, 65 tomas. 

En un momento se acercó el monje a explicarme que se había hecho la hora de cerrar la iglesia. Fui hacia el patio y mientras ponía el lente largo para retratar las gárgolas que asomaban desde el primer piso —hermosas, por cierto— vi acercarse a Juliana. Me decía que teníamos una hora más para recorrer el patio y las galerías y que las salas aledañas habían sido cerradas. Antes de seguir revisé las tomas del cristo. Estaban perfectas.

El colectivo nos devolvió a Praça da Figueiras. Hicimos por Rua dos Cavaleiros el largo camino que sube hacia el hotel. Ya era de noche. Nos cruzamos con la gente que llevaba las compras para la cena. Un señor anciano y ciego esperaba para cruzar en una esquina. Me acerqué con mi escaso portugués para ofrecerle ayuda, pero el anciano me enfrentó como si viera y agitó las manos en señal de rechazo. “Velho louco”, le contesté. 

Llegamos cansados. Debíamos prepararnos para salir a cenar. Mientras Juliana se bañaba aproveché para descargar y mirar las tomas en la laptop. Pero algo no estaba bien porque toda la serie del cristo ahora  se veía horrible, fuera de foco y con una vibración extraña.

© Juan Pablo Pizzi 2021