Luces y sombras

Era la hora en que la luz de la tarde empezaba a caer y el lente de la Nikon a mostrarse insuficiente. Me quedaban a lo sumo quince minutos en el interior de la iglesia; más allá, en el patio, el crepúsculo me concedería quizás una hora más. La figura del cristo crucificado me inquietó ni bien entramos y allí me detuve. Mariana, que conoce —y que soporta— mi obsesión cuando encuentro un motivo fotográfico, se cansó de esperarme y se fue a recorrer las salas del claustro. Yo, con el cristo.

Por un momento tuve la extraña fantasía de que Jesús me observaba desde la cruz y  me rechazaba, que se removía como si se estuviera acercando un emisario del demonio. Siguiendo el juego de mi imaginación, en voz baja le expresé mi queja: nada más quiero sacar unas fotos.

A unos pocos metros, entre unas columnas, un monje encendía unas velas mientras observaba mis movimientos con recelo. Me puse ansioso, también porque la luz se retiraba; la claridad se contaba en minutos. Apenas resistía pequeños rayos de luz que traspasaba los vitrales y golpeaban extrañamente sobre la cara del Cristo. Me imaginé que iba cambiando la expresión de su rostro. Realicé, sin pausa, 65 tomas. 

En un momento se acercó el monje a explicarme que se había hecho la hora de cerrar la iglesia. Fui hacia el patio y mientras ponía el lente largo para retratar las gárgolas que asomaban desde el primer piso —hermosas, por cierto— vi acercarse a Mariana. Me decía que teníamos una hora más para recorrer el patio y las galerías y que las salas aledañas habían sido cerradas. Antes de seguir revisé las tomas del cristo. Estaban perfectas.

El colectivo nos devolvió a Praça da Figueiras. Hicimos por Rua dos Cavaleiros el largo camino que sube hacia el hotel. Ya era de noche. Nos cruzamos con la gente que llevaba las compras para la cena. Un señor anciano y ciego esperaba para cruzar en una esquina. Me acerqué con mi escaso portugués para ofrecerle ayuda, pero el anciano me enfrentó como si viera y agitó las manos en señal de rechazo. “Velho louco”, le contesté. 

Llegamos cansados. Debíamos prepararnos para salir a cenar. Mientras Mariana se bañaba aproveché para descargar y mirar las tomas en la laptop. Pero algo no estaba bien: toda la serie del cristo ahora se veía horrible, fuera de foco, estropeada. 

Apagué todo, con bronca. Mientras esperaba para bañarme traté de distraerme y olvidar el asunto. Fui hacia el ventanal para contemplar unos minutos el espectáculo de la ciudad iluminada. Pero me sorprendió el mismo viejo del bastón, allí abajo, desde la vereda de enfrente, observando.

© Juan Pablo Pizzi 2021